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Pedro y el árbol
Un simpático cuento nos sitúa en las altas serranías del Perú, y nos presenta a un niño aventurero, muy sencillo, pero a la vez muy valiente: Pedro.

En un caserío en las afueras de Yungay, en una humilde casa, vive Pedro. En su familia son cinco hermanos, y él es el menor. Tiene once años y ya tiene varias responsabilidades en su casa: se encarga de pastorear el rebaño algunos días, ordeñar a las vacas cuando su padre sale a hacer compras a la ciudad, recolectar algunos frutos de los árboles, y además cocina de vez en cuando y lo hace muy bien. Este oficio lo aprendió de su mamá pues mientras todos salían a realizar los trabajos más difíciles, que todavía no le corresponden, él se quedaba en casa ayudando y aprendiendo de su mamá.

Era la época de invierno -los inviernos en la sierra son muy particulares, pues tienen tanto sol como el más fuerte de los veranos y tienen noches muy frías, hasta congelantes - y la tía mas querida de Pedro cayó enferma. Vivía a dos kilómetros de su casa pasando por quebradas, ríos, riachuelos y un sin fin de obstáculos que podemos encontrar en los caminos de la sierra. La cosa es que había que llevarle el medicamento, y tenía que ser llevado cuanto antes, pues doña Eugenia -así se llamaba la tía- era una señora que vivía sola y no tenia quien la cuidara. Le hubiese tocado ir a uno de los hermanos mayores, pero ese día habían salido temprano, y la madre debía quedarse cocinando y cuidando la casa… ¿Qué hacer? Se necesitaba que alguien decidido y valeroso actuara… pero… ¿Quién?... La madre pensaba y repensaba en una solución... Cuando de repente el pequeño Pedro, asomó su cabeza como para que su mamá lo viera y lo tomara en cuenta -a pesar de que sentía un miedo tremendo-. Ella, sonriente -y preocupada a la vez- lo miró de arriba abajo, orgullosa, como sólo una madre puede mirar a su hijo.

-Yo llevare la medicina a la tía Eugenia- dijo Pedrito.

-Está bien hijito- Respondió la madre. -Pero te me cuidas por favor. Ya sabes, no te distraigas… ¿Te acuerdas la ruta para la casa de la tía, no?

-Si mamá- dijo el niño, como si ya se lo hubiesen preguntado mil veces.

-No te me pongas a jugar por favor, ¿ya? ¿Llevas todo? ¿Estás seguro?- La madre cuidaba a Pedro de una manera un poco extrema, aunque era comprensible, pues era un niño. Maduro y responsable ciertamente, pero era un niño.

Luego de la interminable lista de indicaciones, Pedro partió entusiasmado rumbo a la casa de la tía, porque pensaba que con esta aventura se despojaría del titulo de "niño", que tuvo siempre entre sus otros hermanos. Había caminado con buen ritmo y ya eran casi las nueve de la mañana. Estaba un poco cansado luego de dos horas de camino, pero se distraía con el cantar de los pájaros, con el verdor de la pradera y con los paisajes increíbles que solo se pueden obtener en algunos lugares de la sierra. Sin embargo el sol avanzaba, y el calor empezaba a mostrar su poder. Pedro empezaba a sentirse agotado.

Luego de un buen trecho de camino, el niño se topo con un riachuelo. Rápidamente, bebió el agua helada que provenía de algún nevado, se refrescó la cara y el pelo y prosiguió su camino. Ya eran cerca de las doce, y Pedro se empezaba a dar cuenta de que los árboles, y los sembríos a su alrededor ya no le resultaban tan familiares. Definitivamente, se había perdido; estaba en una zona que no conocía, y con ello se empezó a desesperar un poco.

Sin embargo, no se dejó amedrentar. Con cabeza fría pensó: "seguiré caminando hasta ese árbol, me tomaré un descanso bajo su sombra, y treparé hasta la copa para ubicarme". Siguió caminando y llego hasta el árbol, un grande, frondoso y viejo molle, típico en estas zonas serranas, que daba una enorme sombra que cubría de los ahora infernales rayos solares. Pedro se sentó un momento -aún algo asustado y un poco tembloroso-, se acurrucó a los pies del gran árbol, y se quedo dormido.

En lo que parecía haber sido un abrir y cerrar de ojos, se levantó y alzando la mirada vio como el frondoso y gigantesco árbol empezaba a mover sus ramas… El miedo ahora sí que lo invadió. Además, ¡el árbol comenzó a hablar!

-¿Por qué lloras pequeño?- pregunto amigablemente el árbol, ante un boquiabierto y sorprendido Pedro. -Cualquiera diría que te has perdido, ¿no? La verdad es que yo nunca tuve una experiencia de perderme pues siempre estoy acá y no puedo irme-.

-Pero…- intentó cortar el niño.

Sin embargo el árbol continuaba hablando: -aun así conozco muchos sitios, muy bonitos por cierto- se interrumpió un momento y se sacudió toscamente -ja, ja, ja. Pájaros, hacen cosquillas. Eso sí, cuando hacen el nido en mi tronco, ahí si que me molesto-. Se dirigió al niño con atención: -¿Que me dices pequeño?

Pedro balbuceando dijo: -Yo... yo... e… e… estoy yendo a la casa de mi tía Eugenia, y… e…e estoy perdido, creo, y a decir verdad, tengo… este… m… mi… miedo- Esto lo dijo muy rápido como para que el coloso de madera y hojas no se diera cuenta. -Por cierto, ¿tú conoces a mi tía Eugenia?-.

El árbol lo miro extrañado y dijo -Mmmmm… creo que si… ¿Es una señora bajita y con trenzas, verdad?-.

Pedro sonriendo agregó: -sí, sí, ella misma, ¿sabes como llego a su casa?-.

-Sí claro, mi buen amigo- respondió cándido el árbol -pero no tendría ningún merito que yo te diga como llegar, pues eres tú quien salió de su casa y se enfrentó solo a esta aventura. Es, pues, tu deber levantarte, vencer tu miedo y responder a lo que se te ha encomendado-. Y agregó: -¿Estás de acuerdo?-.

Apenas terminó de decir esto, el árbol, empezó a crecer; y crecía más y más. Las raíces salían; poco a poco era el árbol lo único que Pedro veía ante sus ojos. Una gigantesca figura que continuaba creciendo, y se hizo del tamaño de su pueblo, luego del tamaño del Perú y siguió hasta que se hizo del tamaño del mundo y… "¿Qué me ha pasado?" Se preguntó extrañado el pequeño, sintiendo una hinchazón en la frente… ¡Se había quedado dormido después caerse estrepitosamente del árbol al que había subido buscando el camino hacia la casa de su tía Eugenia!

Cuando Pedro se disponía a reiniciar su camino, le cayó una rama en la cabeza. Levantó la mirada -todavía le quedaba la duda de que lo del árbol fue una ilusión- y alzando la mirada, vio un sendero de ramas, nidos, que tenían como fondo el cielo azul laguna con un hermoso sol. Entonces, se sintió impulsado a subir. "Es ahora o nunca", pensó. Y decidió subir. Comenzó a hacerlo, casi resbalando, pero se agarro fuertemente de una rama, que no recordaba que estuviese ahí. Siguió, se abrió paso por el medio de ramas entrecruzadas, se raspó brazos y piernas, la ropa se le rasgaba, pero Pedro seguía subiendo con mucho esfuerzo. Así, llego a una parte en la que se abrían dos grandes ramas. Tomó la de la derecha, siguió avanzando y se topó con un nido. Pasó cuidadosamente junto a éste, y tomo conciencia de que estaba a punto de alcanzar la copa del árbol. Una gran emoción lo removió. Se dio cuenta que había olvidado su temor a las alturas, y había llegado a la copa -"sin ayuda" pensó él- y sintió un aire fresco, tranquilizador, ese aire refrescante que sentimos cuando hemos alcanzado una victoria importante tras un gran esfuerzo. De esta manera, pudo ver todo el valle; vio su casa por un lado, y también la de su tía Eugenia. Vio qué camino debía haber tomado, y el desvío que lo hizo perderse. Terminó de calcular cómo llegar más rápido a la casa de su tía, y asomándose hacia abajo, tras ver todo lo que había subido, pensó: "que lejos se puede llegar, cuando uno supera su miedo".

Luego de bajar con cuidado y ligeramente, Pedro emprendió su camino triunfal hacia la casa de la tía Eugenia. Llegó, con una alegría incalculable, con el remedio bajo el brazo, con lo cual a los días su tía se recuperó. Claro, no faltó la reprimenda por la demora, pero al fin y al cabo, Pedro estaba muy contento por lo que había descubierto en esta gran aventura.

Autor: Pablo Orozco
 
 
 
 

   
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