Ya es hora me hace el encargo de entrevistar a Luis Fernando Figari.
Él es el fundador de varias importantes asociaciones de la Iglesia Católica.
Entre ellas está el Sodalicio de Vida Cristiana (1971), instituto religioso
de sacerdotes y laicos consagrados, la Asociación de María Inmaculada
(1975), el Movimiento de Vida Cristiana (1985), la sociedad para mujeres consagradas,
Fraternidad Mariana de la Reconciliación (1991), la Hermandad de Nuestra
Señora de la Reconciliación (1993) y finalmente hasta el momento
una sociedad de monjitas, las Siervas del Plan de Dios (1998).
L.F.
Figari es un consagrado laico, lo que conocemos como hermano en las antiguas
congregaciones religiosas. Es escritor y orador ampliamente conocido, incluso
fuera de las fronteras de la patria que lo vio nacer. Actualmente es también
Consejero del Pontificio Consejo para los Laicos. Nació en Lima, Perú
en 1947. Su infancia transcurrió en Lima. Estudio en colegios religiosos,
la Pontificia Universidad Católica y la Pontificia Facultad de Teología
de Lima.
En su temprana juventud estuvo involucrado en política, inspirado por
Jacques Maritain, filósofo francés, y por el libro “Peruanidad”
de Víctor Andrés Belaunde, famoso pensador peruano. El sentido
épico de la existencia lo apasionaba. Buscaba una respuesta novedosa
para ayudar a su país. Leyó mucho de todas las corrientes políticas.
Tras algunos años de militancia descubrió que la política
no era el camino para el cambio de la grave situación socio-económica
que veía en su país.
Se sabe que desde niño tuvo una gran sensibilidad social aprendida en
el hogar familiar. Para los inicios de los años setenta veía la
política como un llamado para otras personas, ya no para él. Así,
lleno de inquietudes religiosas, convencido de que por el camino de la fe estaba
la respuesta que buscaba, desde al menos los quince años, se entregó
a explorar la respuesta religiosa. Empezó a vivir un proceso intenso
de conversión.
Su
sensibilidad social no lo abandonó. Encontró para canalizar en
el plano teórico la enseñanza social de la Iglesia, de la cual
se convirtió en exponente y muy importante impulsor en tiempos en que
pocos la cotizaban y muchos la atacaban. Hoy, gracias a personas como L.F. Figari
el Magisterio Social de la Iglesia ha vuelto a resonar. En el campo concreto
de su amor preferencial por los pobres, las obras que ha impulsado y su aproximación
a los necesitados son elocuente testimonio de una persona que junta pensamiento
y acción, oración y concretización.
Hombre de avanzada, ha sido incomprendido por algunos y aplaudido por muchos.
El aplauso no le interesa, hasta se podría decir que le incomoda. Vive
una vida sencilla y modesta. También se podría decir que ante
el uso del “usted” prefiere el “tú”, que es común
y más popular en Perú. Su trato es natural, correcto, sabe reír
y también tomar las cosas en serio. Tampoco le asusta que lo critiquen
como “signo de contradicción”. “Precisamente eso es
nuestro Señor”. “Uno de los libros que más me han
tocado está escrito por Karol Wojtyla, hoy el Santo Padre Juan Pablo
II –continúa diciendo- y se llama Signo de contradicción.
Recoge un profundo retiro que dio al Papa Pablo VI y a la curia del Vaticano”.
UM: Ud. ha trabajado con jóvenes desde hace más
de 30 años, ¿ver tantas generaciones ha cambiado en algo su concepto
sobre la “juventud”?
LFF: Ante todo la juventud es una etapa en la vida de una
persona. Dura unos cuantos años, antes de pasar a ser lo que se llama
adulto. Hoy hay más divisiones…
UM: ¿Por ejemplo?
LFF:
Bueno, tenemos los llamados “adultos jóvenes”, o los “adultos
mayores”. Son modos de llamar a una realidad que en sí misma no
cambia. Me refiero a las etapas cronológicas de la existencia. Es un
asunto cultural.
Obviamente que el paso de algunas décadas influye en uno, ¿quién
puede no darse cuenta? He visto, por ejemplo, cambios sorprendentes gracias
a los avances tecnológicos. ¿Has visto una vitrola? Era lo que
se usaba cuando era niño para tocar discos –dice con una sonrisa-.
Hoy ya no sorprenden los cambios. Más aún, el cambio mismo se
ha hecho, ¿cómo decirlo?, más acelerado.
Con el paso de las generaciones hay muchos cambios. Pero no en todas partes
del mundo son iguales los jóvenes. No hay una globalización de
la juventud. Eso sí, hay rasgos comunes. Pero, a Dios gracias, la personalidad
de los jóvenes se mantiene, incluso en realidades citadinas. Los jóvenes
del campo también tienen sus propias características, comunes
y distintas. No todos los jóvenes son iguales. Hay hábitos y perspectivas
del mundo, de las creencias, que son propias. Hay una pluralidad muy amplia.
UM: ¿Podría aclarar eso?
LFF: Cada ser humano es singular, creado con una serie de
características. Cada uno tiene un ambiente familiar, una historia personal,
una trayectoria propia. Es decir que cada uno va siendo influido por la familia
en que nace, por el ambiente en que crece, por la situación en que se
encuentra, por la educación que recibe o no recibe, por su propia realidad
personal, por las opciones que hace desde su libertad. Si bien forma parte de
un cierto ambiente cultural y vive ciertas modas, el ser humano es libre de
elegir. Así, en cierto sentido muy real se va formando a sí mismo
desde ese núcleo básico que es como persona. Y pienso que tiene
el derecho de hacerlo. Que tiene el derecho de verse libre de imposiciones,
de ser verdaderamente respetado como persona, de explorar su interior, de mantenerse
atento a los movimientos culturales, a escuchar los consejos y advertencias
de los mayores… El núcleo de la libertad personal es clave y todos
lo debemos respetar. ¡Habría tanto que hablar de lo que es la libertad!
Será en otra ocasión…
Así, pues, aunque hay corrientes o modas culturales que se expresan
en la juventud o que la impactan, cada muchacho o muchacha es una persona individual,
con su dignidad, derechos y características propias. Por ello hablé
de la pluralidad. Obviamente entre una joven del siglo XIX y una de hoy hay
diferencias en su modo de ver el mundo. Igual entre un muchacho del siglo XX
y uno de hoy hay diferencias que se pueden atribuir a los cambios culturales.
Pero lo esencial de la persona humana que está en el joven o la joven
permanece igual.
UM: ¿Cuáles son los nuevos desafíos
que aparecen ante la juventud al comenzar el siglo XXI?
LFF: Ante todo, pienso que es lo que se viene llamando la
“cultura de muerte” en la enseñanza de la Iglesia, y que
implica una dimisión o una forzada renuncia a lo propiamente humano.
Es decir a la naturaleza humana como tal. La falta de aprecio por las humanidades
que se ve en las currículas escolares de muchos países contribuye
a que se desconozcan temas muy importantes en la historia de la humanidad, en
la literatura, en la música, en el arte. No tengo nada contra las ciencias.
Cuando estaba en el colegio, a los catorce o quince años teníamos
que optar entre ciencias o letras. Para el penúltimo año de estudios
elegí: ciencias. Y me fue bien ese año. Pero pensando en el futuro,
en especial de las personas marginadas cuya situación de vida me parecía
que debía cambiar, me cambié a letras. Pensé que era mejor
para aquello de hacer leyes que entonces creía que eran los medios del
deseado cambio a una sociedad más justa.
Simplemente el apuro por terminar “la carrera” —acentúa
la voz— lleva a hacer carreras cortas, con lo básico, y muchas
veces recortando lo básico. La educación es otro tema del que
habría mucho que hablar. El hecho es que me parece que muchos jóvenes
se dejan llevar por la corriente, asumen el criticismo y las etapas de desarrollo
que le corresponden, pero, me permitirás una metáfora tecnológica,
les falta el software. Falta formación en valores, en carácter,
en conocimientos. Hay mucha información, quizá demasiada, pero
es superficial y produce, siguiendo con la metáfora, una “sobrecarga
informática”. Obviamente la juventud conserva sus valores, la generosidad,
la mirada hacia el mañana, su solidaridad. En unas ciudades se ve más
que en otras.
UM: ¿Podría señalar el desafío
más serio?
LFF: Es difícil… quizá esté en
el relativismo en torno a la verdad, en el cuestionamiento de si la verdad es
accesible. El cambio acelerado ayuda a dar la impresión equivocada. Todo
estaría cambiando, por lo que no habría verdad. Pero eso es una
falacia. Siempre ha habido cambio. Y siempre ha habido algo que no cambia. Por
eso hablaba de la importancia de educar. Más aún educar para la
vida me parece fundamental. Hoy hay muchos mitos. Muchas medias verdades. Y
la gente, en general todos, nos dejamos llevar por ese aluvión de información
que se convierte para muchos de nosotros como el smog que cubre nuestras ciudades
y que va cayendo inadvertidamente. Así se vive en un agnosticismo funcional…
Es un tema que necesitaría más desarrollo. Se queda a medias.
Sin embargo, hay un libro muy interesante escrito por un autor español.
Se llama El hombre lite. Quien quiera profundizar sobre estos asuntos
puede leerlo. Es un libro sugerente.
UR:
¿Cómo explica que Juan Pablo II considere al hedonismo como
el principal enemigo de los jóvenes?
LFF: El hedonismo es una filosofía de la vida que pone
el goce y el placer como el objetivo decisivo de la existencia humana. No es
algo nuevo. Pienso que va con las concupiscencias. Sin embargo las filosofías
hedonistas romanas, me refiero a la época del Imperio Romano, se opusieron
al cristianismo. Siguiendo la misma lógica, igual es con las filosofías
hedonistas de hoy, o más precisamente con la praxis hedonista, pues pienso
que más que una corriente de pensamiento, sin negar que lo sea, es lo
que se llama una forma mentis. Es decir que es algo que está
impregnado en la cultura que la mente asimila en el ambiente, y que arrastra
a quien sucumbe a la corriente. Para esa disposición de ánimo
la búsqueda del placer estaría por encima del bien y el mal. Hay
quienes hacen una identificación entre el placer y el bien absoluto.
Es así que se ingresa al terreno del egoísmo y del subjetivismo,
del gusto o disgusto como medida de todas las cosas y realizaciones. El sentimentalismo,
no digo el sentimiento que es muy humano, sino el sentimentalismo —subraya
sus palabras— es dejarse llevar por los sentimientos de lo placentero,
que se considera lo bueno, y lo que incomoda o causa displacer, que se considera
lo malo. Ciertamente es un problema serio que trae la cultura de muerte.
No es extraño constatar en el Magisterio Pontificio, así como
entre nuestros Obispos latinoamericanos, la denuncia de cómo existe una
oposición entre los valores evangélicos y la mentalidad hedonista
y consumista que hoy lamentablemente no escasea. Me parece que en una ocasión
el Papa Juan Pablo II señalaba al hedonismo como causa o en relación
con la marginación de la dimensión religiosa de la cultura. Y
claro, el hedonismo atenta contra la realización humana al alterar el
sentido de la vida y acción humana, en las que el placer tiene su lugar,
pero no es un absoluto que está por encima del bien y el mal. El hedonismo,
entendido como esa identificación entre placer y el bien, se convierte
en un obstáculo para percibir el hambre espiritual que nace de lo profundo
del ser humano. Hace de falso sustituto embriagador.
A propósito de esto me parece haber leído en un autor no católico
una comparación entre San Antonio Abad y el César. San Antonio
y su hambre espiritual sería más rico que el César, señor
del mundo y de todos sus placeres. San Antonio estaría respondiendo a
ese infinito hambre interior, mientras que el César lo habría
cambiado por lo finito que se agota. Me parece que así iba el discurrir
de dicho autor. En todo caso, no es más que un ejemplo.
UM: ¿Por qué cada vez más jóvenes
carecen de un referente o modelo claro?
LFF: Hace más de sesenta años el beato chileno
Alberto Hurtado hablaba de que en su país un materialismo desbocado los
había invadido, y que todos andaban precisamente en búsqueda del
placer, sin importar más. He hecho una asociación de ideas con
tu pregunta anterior.
Si la forma mentis de la cultura de muerte es el no acceso de la verdad,
el relativismo, el materialismo, el hedonismo, el subjetivismo, entonces el
universo personal se encoge. La visión hacia la eternidad, hacia el futuro,
se transforma en una mirada de Gulliver a los liliputienses. Así, la
subjetividad sufre de una explosión de egoísmo que critica lo
bueno, pues no acepta el propio egoísmo. Parece ilógico, pero
habría un autorrechazo de aquello que impide ser y vivir según
la realidad profunda, óntica podría decir alguno, del ser humano.
Y así, un cierto número de hombres “lite” se evaden
de la realidad, se quedan con la visión negativa que ve mal en todo lo
que no es su propia visión. Son esos mercenarios contra todo lo que los
pone en cuestión o contradice. Quieren desprestigiar lo bueno que no
aceptan o no comprenden. No toleran a las personas que representan valores distintos.
¡Se han convertido en la medida de todo!
UM: ¿Eso está afectando a los jóvenes?
LFF: No es un fenómeno exclusivo del joven. Hay muchos
adultos metidos en esa perspectiva de odio sin otra razón que la medida
de su visión subjetiva. Y se retroalimentan. Se repiten. Es como algunas
noticias de los medios. Uno de ellos la difunde, después otros la copian,
y así parece que la confirmación de la noticia es que esté
publicada por varios. Se retroalimentan. Pero no pocas veces es un invento.
Antes se decía, “estoy viejo, pero con el corazón joven”.
UM: Todavía existe el dicho...
LFF: ¡Bien! Hay adultos que no se han librado de una
visión subjetiva e inmadura que los lleva a denigrar todo lo bueno que
no les parece o no comprenden. Igualmente hay también jóvenes
desconcertados, desubicados, que se complican con todo. Normalmente se evaden,
fugan de lo real. Otros, más penosamente aún, se vuelcan hacia
lo destructivo. Pero, como decía, no es un fenómeno propio ni
exclusivo de la juventud. Ni tampoco lo sufren todos los jóvenes.
UM: ¿La causa sería la inmadurez?
LFF: Mira, no todos los jóvenes son inmaduros. Eso
de la inmadurez juvenil no es más que un invento. Hay algunos que sí
son inmaduros, como hay adultos muy inmaduros. No hay que confundir falta de
camino recorrido en número de años con inmadurez. Son dos cosas
distintas. Precisamente existen muchachas y muchachos muy maduros y que se apartan
de esa visión de las cosas, que en el fondo lleva al nihilismo.
Hay una juventud que aspira a la magna aventura interior, que descubre lo espiritual
de la existencia, y no es escasa. No son pocos como nos quieren hacer crecer
algunos medios de comunicación, cultores la dimisión de lo humano.
Son millones y millones de jóvenes que atesoran su hambre espiritual
y buscan quién pueda saciarlo. Por si acaso, también hay multitudes
de adultos en el mismo plan. ¿Cómo explicas esos más de
dos millones de chicos y chicas que se reunieron en Tor Vergata, en Roma, en
ambiente de búsqueda, de fiesta, de oración? ¿Qué
me dices de los más de ochocientos mil muchachos y muchachas que fueron
a encontrarse con el Papa en Toronto? ¿Y en España? Un periodista
español, de esos que gustan sentar cátedra del fin de la fe católica,
en un momento de sinceridad o desconcierto escribía: ¿De donde
han salido tantos jóvenes que van a ver al Papa? Son hechos palpables.
A mi entender, en esos eventos que he mencionado, los participantes son como
una delegación de esa juventud sana, que ciertamente existe. No todos
pueden viajar. Así los que van a esos encuentros son como los adelantados,
los representantes de la juventud que tiene nostalgia de infinito. Son de aquellos
que respondían, con su presencia física, a la convocatoria del
Vicario de Cristo, para llevarlos al encuentro de “Aquel que tiene palabras
de vida eterna”. Otros muchos millones lo hacían desde sus hogares,
de corazón.
Si hay un hambre y si hay confusión para responderlo, es tiempo de agudizar
la vista para orientarse hacia la verdad. Y no olvidemos que Jesús nos
dice: “Yo soy la verdad”.
UM: ¿Cree que defender a la familia implica proteger
a los jóvenes?
LFF: Creo que la familia tiene su propio valor. Hoy está
asediada por muchos y por muchas fuerzas que buscan destruirla. La familia es
fundamental. Para un cristiano el matrimonio es un llamado a ser santo a través
de la vida conyugal y familiar. Eso es la verdad. Estoy totalmente convencido
de ello.
Como bien ha enseñado el Concilio Vaticano II, no hay un cristianismo
de segundo orden. Todos los bautizados estamos llamados a la santidad, todos
estamos llamados a participar en la misión de la Iglesia, obviamente
según nuestro propio estado. La vocación universal a la santidad
implica también construir un mundo mejor. Un mundo más justo y
reconciliado, la civilización del amor.
La familia es una vocación y el matrimonio es un sacramento. Sería
bueno que las personas escuchasen a la Iglesia y entendiesen que hay que prepararse
para tan alta responsabilidad. La familia es un santuario de la vida. Defender
a la familia es defender su naturaleza, a quienes la integran, a la sociedad
misma y, claro, al ser humano llamado a vivir según el divino Plan. La
descomposición de la familia es una tragedia para sus integrantes, y
los ecos de esa tragedia impactan también sobre la sociedad. Debemos
apasionarnos al defender la familia, sus características, su realidad
de iglesia doméstica, como la llama el Concilio Vaticano II. Y la mejor
defensa, además de las aclaraciones, del anuncio de las bondades de la
familia, de la visión cristiana de la familia, es el ejemplo de familias
auténticas, de familias que sean cenáculos de amor, que vivan
en el respeto mutuo, en la integración, respetando la dignidad y derechos
humanos de sus integrantes, no imponiéndose sobre la libertad de ninguno
de ellos.
El ejemplo de familias que tratan de vivir así es fundamental. Se deja
de estar a la defensiva para pasar a una actitud más positiva: la familia
como anuncio de la vida, de la paz entre seres humanos, de respeto a la dignidad
y derechos humanos, de relaciones humanas respetuosas de la libertad, ese preciado
don, de amor y fidelidad entre los esposos, ejemplos de amor y de vida.
Obviamente familias así constituyen un verdadero ámbito de aliento
e impulso para el crecimiento y despliegue de los hijos. A Dios gracias, también
aquí se puede decir que son millones las familias que procuran ser cenáculos
de amor.
UM: ¿Finalmente, cómo la familia puede ayudar
al joven a descubrir su vocación?
LFF: Definitivamente mi respuesta debe situarse totalmente
en parámetros cristianos. Digo, explícitamente, pues todas mis
respuestas se sitúan en la visión cristiana de la existencia.
La familia cristiana que vive cristianamente ya es un ámbito propicio
para el descubrimiento de la vocación de los hijos. La familia que reza,
que proclama la fe en el hogar y la celebra, es una iglesia doméstica.
Los padres son los primeros educadores de los hijos. A ellos corresponde el
derecho y el deber de enseñar la catequesis. Los esposos cristianos tienen
la irrenunciable responsabilidad de la educación cristiana de los hijos,
también y de manera muy destacada a través del propio ejemplo
y coherencia.
Estoy convencido de que ni el papá ni la mamá deben imponer sus
puntos de vista sobre la vocación de sus hijos e hijas. Deben acompañarlos,
ilustrarlos y respetar su libertad. No se trata de conducirlos sino de educarlos
en libertad. Esto es muy importante. Ya en el vientre materno el ser humano
se está formando con su individualidad y su propio ADN, y es sujeto de
derechos. Los hijos, como personas que son, tienen sus derechos y dignidad,
así como tienen sus deberes familiares. Por eso es tan importante la
educación y el respeto a la libertad. Si los padres aman a sus hijos
no les prohíben ir a Misa. En los matrimonios de un católico y
un no católico, el no católico se compromete a no poner obstáculos
a la educación católica de los hijos. En ciertos países,
me parece, los padres o incluso los mismos jóvenes, a una determinada
edad, pueden pedir ser eximidos de clases de religión. El factor libertad
está presente.
En ese ambiente de libertad, con la catequesis, y el ejemplo, los esposos ayudan
a sus hijos a abrirse a Dios, y a buscar a qué estado de vida los llama.
La instrucción sobre los estados de vida, el respeto a la dignidad y
libertad, el acompañamiento, el diálogo respetuoso y mucho amor
son elementos que encuentro determinantes en la ayuda que los padres brindan
a los hijos a descubrir a qué vocación están llamados:
sacerdocio, vida consagrada, matrimonio. La vocación es siempre a recorrer
un camino hacia la santidad. Y cada quien tiene su llamado. Es un hecho que
a la mayoría los llama Dios a la santidad por la vía del matrimonio.
Pero, no a todos. A otros llama Dios a la vida consagrada, al sacerdocio. Por
eso el discernimiento es tan importante. Es crucial para la persona. Por ello
la función de los padres es la de un verdadero acompañamiento,
amoroso, respetuoso.
UM: ¿Algo más que añadir?
LFF: Bueno, decir que confío en la capacidad de reacción
de las personas. A pesar de tanto mal que hay en el mundo, tengo esperanza de
un cambio para bien. De manera especial creo que la juventud, en términos
generales, es un tiempo en que es más fácil darse cuenta de la
necesidad de cambio. El sentido crítico lleva a muchos jóvenes
a no quedarse con la visión que les da la moda, y en un momento reaccionan
y se vuelven “buscadores de la verdad”, usando una expresión
del Papa.
* Úrsula Murúa es periodista católica
que ha realizado el gran servicio de la entrevista a Luis Fernando Figari a
pedido de esta revista digital Ya es hora. Le estamos muy agradecidos.
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